II. El hecho se construye: las formas de la renuncia empirista

“El
punto de vista -dice Saussure- crea el objeto.” Es decir que una
ciencia no podría definirse por un sector de lo real que le
correspondería como propio. Como lo señala Marx, “la totalidad concreta,
como totalidad del pensamiento, como un concreto del pensamiento es, in fact,
un producto del pensamiento y de la concepción […]. El todo, tal como
aparece en la mente, como todo del pensamiento, es un producto de la
mente que piensa y que se apropia el mundo del único modo posible, modo
que difiere de la apropiación de ese mundo en el arte, la religión, el
espíritu práctico. El sujeto real mantiene, antes como después, su
autonomía fuera de la mente […]”[1] [K. Marx, texto nº 20].
Es el mismo principio epistemológico, instrumento de la ruptura con el
realismo ingenuo, que formula Max Weber: “No son -dice Max Weber- las
relaciones reales entre «cosas» lo que constituye el principio de
delimitación de los diferentes campos científicos sino las relaciones
conceptuales entre problemas. Sólo allí donde se aplica un método nuevo a
nuevos problemas y donde, por lo tanto, se descubren nuevas
perspectivas nace una «ciencia» nueva”[2] [Max Weber, texto nº 21].
Incluso
si las ciencias físicas permiten a veces la división en subunidades
determinadas, como la selenografía o la oceanografía, por la
yuxtaposición de diversas disciplinas referidas a un mismo sector de lo
real, es sólo con fines pragmáticos: la investigación científica se
organiza de hecho en torno de objetos construidos que no tienen nada en
común con aquellas unidades delimitadas por la percepción ingenua.
Pueden verse los lazos que atan aún la sociología científica a las
categorías de la sociología espontánea en el hecho de que a menudo se
dedica a clasificaciones por sectores aparentes, por ejemplo, sociología
de la familia, sociología del tiempo libre, sociología rural o urbana,
sociología de la juventud o de la vejez. En general, la epistemología
empirista concibe las relaciones entre ciencias vecinas, psicología y
sociología, por ejemplo, como conflictos de límites, porque se imagina
la división científica del trabajo como división real de lo real.
Es
posible ver en el principio durkheimiano según el cual “hay que
considerar los hechos sociales como cosas” (se debe poner el acento en
“considerar como”) el equivalente específico del golpe de estado teórico
por el cual Galileo construye el objeto de la física moderna como
sistema de relaciones cuantificables, o de la decisión metodológica por
la cual Saussure otorga a la lingüística su existencia y objeto
distinguiendo la lengua de la palabra: en efecto, es una distinción
semejante la que formula Durkheim cuando, explicitando totalmente la
significación epistemológica de la regla cardinal de su método, afirma
que ninguna de las reglas implícitas que incluyen los sujetos sociales
“se encuentra íntegramente en las aplicaciones que de ellas hacen los
particulares, ya que incluso pueden estar sin que las apliquen en acto”.[3] El segundo prefacio de Las reglas dice claramente que se trata de precisar una actitud mental y no de asignar al objeto un statusontológico
[Émile Durkheim, texto nº 22]. Y si esta suerte de tautología, por la
cual la ciencia se construye construyendo su objeto contra el sentido
común -siguiendo los principios de construcción que la definen-, no se
impone por su sola evidencia, es porque nada se opone más a las
evidencias del sentido común que la diferencia entre objeto “real”,
preconstruido por la percepción y objeto científico, como sistema de
relaciones expresamente construido.[4]
No
es posible ahorrar esfuerzos en la tarea de construir el objeto si no
se abandona la investigación de esos objetos preconstruidos, hechos
sociales demarcados, percibidos y calificados por la sociología
espontánea,[5] o
“problemas sociales” cuya aspiración a existir como problemas
sociológicos es tanto más grande cuanto más realidad social tienen para
la comunidad de sociólogos.[6] No
basta multiplicar el acoplamiento de criterios tomados de la
experiencia común (piénsese en todos esos temas de investigación del
tipo “el ocio de los adolescentes de un complejo urbanístico en la zona
este de la periferia de París”) para construir un objeto que, producto
de una serie de divisiones reales, permanece como un objeto común y no
accede a la dignidad de objeto científico justamente porque se somete a
la aplicación de técnicas científicas. Sin duda que Allen H. Barton y
Paul F. Lazarsfeld tienen razón cuando señalan que expresiones tales
como “consumo opulento” o “White-collar crime” construyen objetos
específicos que, irreductibles a los objetos comunes, toman en
consideración hechos conocidos, los que por el simple efecto de
aproximación, adquieren un sentido nuevo;[7] pero
la necesidad de construir denominaciones específicas que, aun
compuestas con palabras del vocabulario común, construyen nuevos objetos
al establecer nuevas relaciones entre los aspectos de las cosas no es
más que un indicio del primer grado de la ruptura epistemológica con los
objetos preconstruidos de la sociología espontánea. En efecto, los
conceptos que pueden superar a las nociones comunes no conservan
aisladamente el poder de resistir sistemáticamente a la implacable
lógica de la ideología: al rigor analítico y formal de los conceptos
llamados “operatorios” se opone el rigor sintético y real de los
conceptos que se han llamado “sistemáticos” porque su utilización supone
la referencia permanente al sistema total de sus interrelaciones.[8] Un objeto de investigación, por más parcial y parcelario que sea, no puede ser definido y construido sino en función de una problemática teórica que
permita someter a un sistemático examen todos los aspectos de la
realidad puestos en relación por los problemas que le son planteados.
II-1. “Las abdicaciones del empirismo”
En
la actualidad se coincide demasiado fácilmente con toda la reflexión
tradicional sobre la ciencia, en el sentido de que no hay observación o
experimentación que no impliquen hipótesis. La definición del proceso
científico como diálogo entre hipótesis y experiencia, sin embargo,
puede rebajarse a la imagen antropomórfica de un intercambio en que los
dos socios asumirían roles perfectamente simétricos e intercambiables;
pero no hay que olvidar que lo real no tiene nunca la iniciativa puesto
que sólo puede responder si se lo interroga. Bachelard sostenía, en
otros términos, que el “vector epistemológico […] va de lo racional a lo
real y no a la inversa, de la realidad a lo general, como lo profesaban
todos los filósofos desde Aristóteles hasta Bacon” [Gaston Bachelard,
texto nº 23].
Si
hay que recordar que “la teoría domina al trabajo experimental desde la
misma concepción de partida hasta las últimas manipulaciones de
laboratorio”,[9] o aún más que “sin teoría no es posible ajustar ningún instrumento ni interpretar una sola lectura”[10] es
porque la representación de la experiencia como protocolo de una
comprobación libre de toda implicación teórica deja traslucir en miles
de indicios, por ejemplo en la convicción, todavía muy extendida, de que
existen hechos que podrían trascender tal como son a la teoría para la
cual y por la cual fueron creados. Sin embargo, el desafortunado destino
de la noción de totemismo (que Levi-Strauss compara al de histeria)
bastaría para destruir la creencia en la inmortalidad científica de los
hechos: una vez abandonada la teoría que los unía, los hechos del
totemismo vuelven a su estado de datos de donde una teoría los había
sacado por un tiempo y de donde otra teoría no podrá sacarlos más que
confiriéndoles otro sentido.[11]
Basta
haber intentado una vez someter al análisis secundario un material
recogido en función de otra problemática, por aparentemente neutral que
se muestre, para saber que los data más ricos no podrían nunca
responder completa y adecuadamente a los interrogantes para los cuales y
por los cuales no han sido construidos. No se trata de impugnar por
principio la validez de la utilización de un material de segunda mano
sino de recordar las condiciones epistemológicas de ese trabajo de retraducción,
que se refiere siempre a hechos construidos (bien o mal) y no a datos.
Tal trabajo de interpretación, del cual Durkheim dio ya el ejemplo en El suicidio,
podría constituir la mejor incitación a la vigilancia epistemológica en
la medida en que exige una explicitación metódica de las problemáticas y
principios de construcción del objeto que están comprendidos tanto en
el material como en el nuevo tratamiento que se le aplica. Los que
esperan milagros de la tríada mítica, archivos, data y computers desconocen
lo que separa a esos objetos preconstruidos llamados hechos científicos
(recogidos por el cuestionario o por el inventario etnográfico) de los
objetos reales que conservan los museos y que, por su “excedente
concreto”, ofrecen a la indagación posterior la posibilidad de
construcciones indefinidamente renovadas. Al no tener en cuenta esos preliminares epistemológicos,
se está expuesto a considerar de modo diferente lo idéntico e
identificar lo diferente, a comparar lo incomparable y a omitir comparar
lo comparable, por el hecho de que en sociología los “datos”, aun los
más objetivos, se obtienen por la aplicación de estadísticas (cuadros de
edad, nivel de ingresos, etc.) que implican supuestos teóricos y por lo
mismo dejan escapar información que hubiera podido captar otra
construcción de los hechos.[12] El
positivismo, que considera los hechos como datos, se limita ya sea a
reinterpretaciones inconsecuentes, porque éstas se desconocen como
tales, ya sea a simples confirmaciones obtenidas en condiciones técnicas
tan semejantes como sea posible: en todos los casos efectúa la
reflexión metodológica sobre las condiciones de reiterabilidad como un
sustituto de la reflexión epistemológica sobre la reinterpretación
secundaria.
Sólo
una imagen mutilada del proceso experimental puede hacer de la
“subordinación a los hechos” el imperativo único. Especialista de una
ciencia impugnada, el sociólogo está particularmente inclinado a
reafirmar el carácter científico de su disciplina sobrevalorando los
aportes que ella ofrece a las ciencias de la naturaleza. Reinterpretado
según una lógica que no es otra que la de la herencia cultural, el
imperativo científico de la subordinación al hecho desemboca en la
renuncia pura y simple ante el dato. A esos practicistas de las ciencias
del hombre que tienen una fe poco común en lo que Nietzsche llamaba “el
dogma de la inmaculada percepción”, es preciso recordarles, con
Alexandre Koyré, que “la experiencia, en el sentido de experiencia
bruta, no desempeñó ningún rol, como no fuera el de obstáculo en el
nacimiento de la ciencia clásica”.[13]
Ocurre,
en efecto, como si el empirismo radical propusiera como ideal al
sociólogo anularse como tal. La sociología sería menos vulnerable a las
tentaciones del empirismo si bastase con recordarle, como decía
Poincaré, que “los hechos no hablan”. Quizá la maldición de las ciencias
del hombre sea la de ocuparse de un objeto que habla. En
efecto, cuando el sociólogo quiere sacar de los hechos la problemática y
los conceptos teóricos que le permitan construirlos y analizarlos,
siempre corre el riesgo de sacarlos de la boca de sus informantes. No
basta con que el sociólogo escuche a los sujetos, registre fielmente sus
palabras y razones, para explicar su conducta y aun las justificaciones
que proponen: al hacer esto, corre el riesgo de sustituir lisa y
llanamente a sus propias prenociones por las prenociones de quienes
estudia o por una mezcla falsamente científica y falsamente objetiva de
la sociología espontánea del “científico” y de la sociología espontánea
de su objeto.
Obligarse
a mantener -para indagar lo real o los métodos de cuestionamiento de lo
real- aquellos elementos creados en realidad por una indagación que se
desconoce y se niega como tal, es sin duda la mejor manera de estar
expuesto, negando que la comprobación supone la construcción, a
comprobar una nada que se ha construido a pesar de todo. Podrían darse
cientos de ejemplos en que, creyendo sujetarse a la neutralidad al
limitarse a sacar del discurso de los sujetos los elementos del
cuestionario, el sociólogo propone, al juicio de estos, juicios
formulados por otros sujetos y termina por clasificarlos con relación a
juicios que él mismo no sabe clasificar o a tomar por expresión de una
actitud profunda juicios superficialmente provocados por la necesidad de
responder a preguntas innecesarias. Todavía más: el sociólogo que niega
la construcción controlada y consciente de su distancia a lo real y de
su acción sobre lo real; puede no sólo imponer a los sujetos preguntas
que su experiencia no les plantea y omitir las que en efecto surgen de
aquéllas, sino incluso plantearles, con toda ingenuidad, las preguntas
que sus propios propósitos le plantean, mediante una confusión
positivista entre las preguntas que surgen objetivamente y aquellas que
se plantean conscientemente. El sociólogo no sabe qué hacer cuando,
desorientado por una falsa filosofía de la objetividad, se propone
anularse en tanto tal.
No
hay nada más sorprendente que el hiperempirismo, que renuncia al deber y
al derecho de la construcción teórica en provecho de la sociología
espontánea y reencuentra la filosofía espontánea de la acción humana
como expresión de una deliberación consciente y voluntaria, transparente
en sí misma: numerosas encuestas de motivaciones (sobre todo
retrospectivas) suponen que los sujetos puedan guardar en algún momento
la verdad objetiva de su comportamiento (y que conservan continuamente
una memoria adecuada), como si la representación que los sujetos se
hacen de sus decisiones o de sus acciones no debiera nada a las
racionalizaciones retrospectivas.[14] Se
pueden y se deben, sin duda, recoger los discursos más irreales, pero a
condición de ver en ellos no la explicación del comportamiento sino un
aspecto del mismo que debe explicarse. Cada vez que el sociólogo cree
eludir la tarea de construir los hechos en función de una problemática
teórica, es porque está dominado por una construcción que se desconoce y
que él desconoce como tal, recogiendo al final nada más que los
discursos ficticios que elaboran los sujetos para enfrentar la situación
de encuestado y responder a preguntas artificiales o incluso al
artificio por excelencia como es la ausencia de preguntas. Cuando el
sociólogo renuncia al privilegio epistemológico es para caer siempre en
la sociología espontánea.
II-2. Hipótesis o supuestos
Sería
fácil demostrar que toda práctica científica, incluso y sobre todo
cuando obcecadamente invoca el empirismo más radical, implica supuestos
teóricos y que el sociólogo no tiene más alternativa que moverse entre
interrogantes inconscientes, por tanto incontroladas e incoherentes, y
un cuerpo de hipótesis metódicamente construidas con miras a la prueba
experimental. Negar la formulación explícita de un cuerpo de hipótesis
basadas en una teoría, es condenarse a la adopción de supuestos tales
como las prenociones de la sociología espontánea y de la ideología, es
decir los problemas y conceptos que se tienen en tanto sujeto social
cuando no se los quiere tener como sociólogo. De este modo, Elihu Katz
demuestra cómo los autores de la encuesta publicada bajo el título The People´s Choice no
pudieron encontrar en una investigación basada en una prenoción, la de
“masa” como público atomizado de receptores, los medios de captar
empíricamente el fenómeno más importante en materia de difusión
cultural, a saber el “flujo en dos tiempos” (Two-step flow), que no
podía ser establecido sino a costa de una ruptura con la representación
del público como masa desprovista de toda estructura[15][E. Katz, texto nº 24].
Aun
cuando se liberara de los supuestos de la sociología espontánea, la
práctica sociológica, sin embargo, no podría realizar nunca el ideal
empirista del registro sin supuestos, aunque más no fuera por el hecho
de que utiliza instrumentos y técnicas de registro. “Establecer un
dispositivo con miras a una medición, es plantear una pregunta a la
naturaleza”, decía Max Planck. La medida y los instrumentos de medición y
en general todas las operaciones de la práctica sociológica, desde la
elaboración de los cuestionarios y la codificación hasta el análisis
estadístico, son otras tantas teorías en acto, en calidad de
procedimientos de construcción, conscientes o inconscientes, de los
hechos y de las relaciones entre los hechos. La teoría implícita en una
práctica, teoría del conocimiento del objeto y teoría del objeto, tiene
tanto más posibilidades de no ser controlada, y por tanto inadecuada al
objeto en su especificidad, cuanto es menos consciente. Al llamar
metodología, como a menudo se hace, a lo que no es sino un decálogo de
preceptos tecnológicos, se escamotea la cuestión metodológica
propiamente dicha, la de la opción entre las técnicas (métricas o no)
referentes a la significación epistemológica del tratamiento que las
técnicas escogidas hacen experimentar al objeto y a la significación
teórica de los problemas que se quieren plantear al objeto al cual se
las aplica.
Por
ejemplo, una técnica aparentemente tan irreprochable e inevitable como
la de muestreo al azar puede aniquilar completamente el objeto de la
investigación, cada vez que este objeto debe algo a la estructura de
grupos que el muestreo al azar tiene justamente por resultado aniquilar.
Así, Elihu Katz señala que “para estudiar esos canales del flujo de
influencia, que son los contactos entre individuos, el proyecto de
investigación se ha revelado como inoperante por el hecho de que
recurría a un muestreo al azar de individuos abstraídos de su medio
social […]. Cada individuo de un muestreo al azar no puede hablar más
que por sí mismo, y los leaders de opinión, en el padrón
electoral de 1940, no podían ser identificados sino dando fe de su
declaración”. Y subraya, además, que esta técnica “no permite comparar
los leaders con sus seguidores respectivos, sino sólo los leaders y los no leaders en general”.[16] Puede
verse cómo la técnica aparentemente más neutral contiene una teoría
implícita de lo social, la de un público concebido como una “masa
atomizada”, es decir, en este caso, la teoría consciente o
inconscientemente asumida en la investigación que, por una suerte de
armonía preestablecida, se usaba con esta técnica.[17] Otra
teoría del objeto, y al mismo tiempo otra definición de los objetivos
de la investigación, habría recurrido al uso de otra técnica de
muestreo, por ejemplo el sondeo por sectores: registrando el conjunto de
miembros de ciertas unidades sociales extraídas al azar (un
establecimiento industrial, una familia, un pueblo), se procura el medio
de estudiar la red completa de relaciones de comunicación que pueden
establecerse en el interior de esos grupos, comprendiendo que el método,
particularmente adecuado al caso estudiado, tiene tanto menos eficacia
cuanto más homogéneo es el sector y que el fenómeno del cual se quieren
estudiar sus variaciones depende más del criterio según el cual está
definido ese sector. Son todas las operaciones estadísticas que es
preciso someter a la interrogación epistemológica: “A la mejor
estadística (como a la menos buena también) no hay que exigirle ni
hacerle decir más que lo que dice, y del modo y bajo las condiciones en
que lo dice”.[18] Para
obedecer verdaderamente al imperativo que formula Simiand y para no
hacer decir a la estadística otra cosa que lo que dice, hay que
preguntarse en cada caso lo que dice y puede decir, en qué límites y
bajo qué condiciones [F. Simiand, texto nº 25].
II-3. La falsa neutralidad de las técnicas: objeto construido o artefacto
El
imperativo de la “neutralidad ética” que Max Weber oponía a la
ingenuidad moralizante de la filosofía social tiende a transformarse hoy
en un mandamiento rutinizado del catecismo sociológico. Si se creyera
en las representaciones más chatas del precepto weberiano, bastaría
precaverse de la parcialidad afectiva e incitaciones ideológicas sobre
la significación de los conceptos y la pertinencia de las técnicas. La
ilusión de que las operaciones “axiológicamente neutras” son también
“epistemológicamente neutras” limita la crítica del trabajo sociológico,
el suyo o el de otros, al examen, casi siempre fácil y estéril, de sus
supuestos ideológicos y al de sus valores últimos. La discusión sin fin
sobre la “neutralidad axiológica” se utiliza a menudo como sustituto de
la discusión propiamente epistemológica sobre la “neutralidad
metodológica” de las técnicas y, por esa razón, proporciona una nueva
garantía a la ilusión positivista. Por un efecto de desplazamiento,
el interés por los supuestos éticos y por los valores o fines últimos
es un apartarse del examen crítico de la teoría del conocimiento
sociológico que está implicada en los actos más elementales de la
práctica.
Por
ejemplo, ¿no es porque se presenta como la realización paradigmática de
la neutralidad en la observación el que, entre todas las técnicas de
recolección de datos, la entrevista no dirigida se la sobrevalora
frecuentemente, en detrimento de la observación etnográfica que, cuando
emplea normas obligadas por la tradición, realiza más completamente el
ideal del inventario sistemático efectuado en una situación real? Es
posible sospechar de las razones del favor que goza esta técnica cuando
se observa que ni los “teóricos” ni los metodólogos y ni siquiera los
usuarios del instrumento, nada mezquinos sin embargo en cuanto a
consejos y consignas, se pusieron jamás a interrogarse metódicamente
sobre las distorsiones específicas que produce una relación social tan
profundamente artificial: cuando no se controlan sus supuestos
implícitos y se enfrenta con sujetos sociales igualmente predispuestos a
hablar libremente de cualquier cosa, ante todo de ellos mismos, e
igualmente dispuestos a adoptar una relación forzada e intemperante a la
vez con el lenguaje, la entrevista no dirigida que rompe la
reciprocidad del diálogo habitual (por otra parte no exigible por igual
en cualquier medio y situación) incita a los sujetos a producir un
artefacto verbal, por lo demás desigualmente artificial según la
distancia entre la relación con el lenguaje favorecido por su clase
social y la relación artificial con el lenguaje que se exige de ellos.
Olvidar el cuestionamiento de las técnicas formalmente más neutrales
significa no advertir, entre otras cosas, que las técnicas de encuesta
son también técnicas de sociabilidad socialmente calificadas [L.
Schatzmann y A. Strauss, texto nº 26]. La observación etnográfica, que
es a la experimentación social lo que la observación de los animales en
su medio natural es a la experimentación en laboratorio, hace notar el
carácter ficticio y forzado de la mayor parte de las situaciones
sociales creadas por un ejercicio rutinario de la sociología que llega a
desconocer tanto más la “reacción de laboratorio” cuanto que sólo
conoce el laboratorio y sus instrumentos, tests o cuestionarios.
En
tanto no hay registro perfectamente neutral no existe una pregunta
neutral. El sociólogo que no somete sus propias interrogaciones a la
interrogación sociológica no podría hacer un análisis verdaderamente
neutral de las respuestas que provoca. Sea una pregunta tan unívoca en
apariencia como: “¿trabajó usted hoy?”. El análisis estadístico
demuestra que provoca respuestas diferentes de parte de los campesinos
de Cabila o del sur argelino, los cuales si se refirieran a una
definición “objetiva” del trabajo, es decir a la definición que una
economía moderna tiende a dar de los agentes económicos, debieran dar
respuestas semejantes. Sólo a condición de que se interrogue sobre su
propia pregunta, en lugar de pronunciarse precipitadamente por lo
absurdo o la mala fe de las respuestas, el sociólogo tiene alguna
posibilidad de descubrir que la definición de trabajo que implica su
pregunta está desigualmente alejada de aquella que las dos categorías de
sujetos dan en sus respuestas.[19] Puede
verse cómo una pregunta que no es transparente para el que la hace
puede oscurecer el objeto que inevitablemente construye, incluso si la
misma no ha sido hecha para construirlo [J. H. Goldthorpe y D. Lockwood
texto nº 27]. Dado que se puede preguntar cualquier cosa a cualquiera y
que casi siempre alguien tiene buena voluntad para responder cuando
menos algo a cualquier pregunta, aun la más irreal, si quien interroga,
carente de una teoría del cuestionario, no se plantea el problema del
significado específico de sus preguntas, corre el peligro de encontrar
con demasiada facilidad una garantía del realismo de sus preguntas en la
realidad de las respuestas que recibe:[20] interrogar,
como lo hace D. Lerner, a subproletarios de países subdesarrollados
sobre la inclinación a proyectarse en sus héroes cinematográficos
preferidos, cuando no respecto de la lectura de la prensa, es estar
expuesto evidentemente a recoger un flatus vocis que no tiene otra significación que la que le confiere el sociólogo tratándolos como un discurso significante.[21] Siempre
que el sociólogo es inconsciente de la problemática que incluye en sus
preguntas, se impide la comprensión de aquella que los sujetos incluyen
en sus respuestas: las condiciones están dadas, entonces, para que pase
inadvertido el equívoco que lleva a la descripción, en términos de
ausencia, de las realidades ocultadas por el instrumento mismo de la
observación y por la intención, socialmente condicionada, de quien
utiliza el instrumento.
El
cuestionario más cerrado no garantiza necesariamente la univocidad de
las respuestas por el solo hecho de que someta todos los sujetos a
preguntas formalmente idénticas. Suponer que la misma pregunta tiene el
mismo sentido para sujetos sociales distanciados por diferencias de
cultura, pero unidos por pertenecer a una clase, es desconocer que las
diferentes lenguas no difieren sólo por la extensión de su léxico o su
grado de abstracción sino por la temática y problemática que transmiten.
La crítica que hace Maxime Chastaing del “sofisma del psicólogo” es
pertinente siempre que se desconoce el problema de la significación
diferencial que las preguntas y las respuestas asumen realmente según la
condición y la posición social de las personas interrogadas: “El
estudiante que confunde su perspectiva con la de los niños estudiados
recoge su propia perspectiva en el estudio en que cree obtener la de los
niños […]. Cuando pregunta: «¿Trabajar y jugar es la misma cosa? ¿Qué
diferencia hay entre trabajo y juego?», impone, por los sustantivos que
su pregunta contiene, la diferencia adulta que pareciera cuestionar […].
Cuando el encuestador clasifica las respuestas -no según las palabras
que las constituyen sino de acuerdo con el sentido que les daría si el
mismo las hubiera dado- en los tres órdenes del juego-facilidad,
juego-inutilidad y juego-libertad, obliga a los pensamientos infantiles a
entrar en esos comportamientos filosóficos”.[22] Para
escapar a este etnocentrismo lingüístico, no basta, como se ha visto,
someter al análisis de contenido las palabras obtenidas en la entrevista
no dirigida, a riesgo de dejarse imponer las nociones y categorías de
la lengua empleada por los sujetos: no es posible liberarse de las
preconstrucciones del lenguaje, ya se trate del perteneciente al
científico o del de su objeto, más que estableciendo la dialéctica que
lleva a construcciones adecuadas por la confrontación metódica de dos
sistemas de preconstrucciones[23] [C. Lévi-Strauss, M. Mauss, B. Malinovski, textos nos 28, 29 y 30].
No
se han sacado todas las consecuencias metodológicas del hecho de que
las técnicas netas clásicas de la sociología empírica están condenadas,
por su misma naturaleza, a crear situaciones de experimentación
ficticias esencialmente diferentes de las experimentaciones sociales que
continuamente produce la evolución de la vida social. Cuanto las
conductas y actitudes estudiadas más dependen de la coyuntura, la
investigación, en la coyuntura particular que permite la situación de
encuesta, está más expuesta a captar sólo las actitudes u opiniones que
no valen más allá de los límites de esta situación. Así, las encuestas
que tratan sobre las relaciones entre las clases y, más precisamente,
sobre el aspecto político de esas relaciones, están casi inevitablemente
condenadas a terminar con la agravación de los conflictos de clase
porque las exigencias técnicas a las cuales se deben sujetar las obligan
a excluir las situaciones críticas y, por ello mismo, se les vuelve
difícil captar o prever las conductas que nacerán de una situación
conflictiva. Como lo observa Marcel Maget, hay que “remitirse a la
historia para descubrir las constantes (si es que existen) de reacciones
a situaciones nuevas. La novedad histórica actúa como «reactivo» para
revelar las virtualidades latentes. De allí la utilidad de seguir al
grupo estudiado cuando se enfrenta a situaciones nuevas, cuya evocación
no es nada más que un remedio para salir del paso, pues no se pueden
multiplicar las preguntas hasta el infinito”.[24]
Estamos
en contra de la definición restrictiva de las técnicas de recolección
de datos que confiere al cuestionario un privilegio indiscutido y la
posibilidad de ver nada más que sustitutos aproximativos de la técnica
real en métodos no obstante tan codificados y tan probados como los de
la investigación etnográfica (con sus técnicas específicas, descripción
morfológica, tecnología, cartografía, lexicografía, biografía,
genealogía, etc.). En efecto, hay que restituir a la observación
metódica y sistemática su primado epistemológico.[25] Lejos
de constituir la forma más neutral y controlada de la elaboración de
datos, el cuestionario supone todo un conjunto de exclusiones, no todas
escogidas, y que son tanto más perniciosas por cuanto permanecen
inconscientes: para poder confeccionar un cuestionario y saber qué se
puede hacer con los hechos que produce, hay que saber lo que hace el
cuestionario, es decir, entre otras cosas, lo que no puede hacer. Sin
hablar de las preguntas que las normas sociales que regulan la situación
de encuesta prohíben plantear, ni mencionar aquellas que el sociólogo
omite hacer cuando acepta una definición social de la sociología, que no
es sino el calco de la imagen pública de la sociología como referéndum,
ni siquiera las preguntas más objetivas, las que se refieren a las
conductas, no recogen sino el resultado de una observación efectuada por
el sujeto sobre su propia conducta. Tampoco la interpretación valdría
más si ella se nutriera de la intención expresa de discernir
metódicamente de las acciones las intenciones confesadas y los actos
declarados que pueden mantener con la acción relaciones que vayan desde
la valoración exagerada, o la omisión por inclinación, a lo secreto
hasta las deformaciones, reinterpretaciones e incluso a los “olvidos
selectivos”; tal intención supone que se obtenga el medio de
realizar científicamente esta distinción, sea por el cuestionario mismo,
sea por un uso especial de esta técnica (piénsese en las encuestas
sobre los presupuestos o sobre los budgets-temps como
cuasi-observación) o bien por la observación directa. Se induce, por
tanto, a invertir la relación que ciertos metodólogos establecen entre
el cuestionario, simple inventario de palabras, y la observación de tipo
etnográfico como inventario sistemático de actos y objetos culturales:[26] el
cuestionario no es nada más que uno de los instrumentos de la
observación, cuyas ventajas metodológicas, como por ejemplo la capacidad
de recoger datos homogéneos igualmente apreciables por un análisis
estadístico, no deben disimular sus límites epistemológicos; de manera
que no sólo no es la técnica más económica para captar las conductas
normalizadas, cuyos procesos rigurosamente “determinados” son altamente
previsibles y pueden ser, en consecuencia, captados en virtud de la
observación o la interrogación sagaz de algunos informantes, sino que se
corre el peligro de desconocer ese aspecto de las conductas, en sus
usos más ritualizados, e incluso, por un efecto dedesplazamiento, a desvalorizar el proyecto mismo de su captación.[27]
Los
metodólogos suelen recomendar el recurso a las técnicas clásicas de la
etnología, pero haciendo de la medición la medida de todas las cosas y
de las técnicas de medición la medida de toda técnica, no pueden ver en
ellas más apoyos subalternos o recursos para “encontrar ideas” en las
primeras fases de una investigación,[28] excluyendo
por esto el problema propiamente epistemológico de las relaciones entre
los métodos de la etnología y los de la sociología. El desconocimiento
recíproco es tan perjudicial para el progreso de una y otra disciplina
como el entusiasmo desmedido que puede provocar préstamos incontrolados;
por otra parte, las dos actitudes no son exclusivas. La restauración de
la unidad de la antropología social (entendida en el pleno sentido del
término y no como sinónimo de etnología) supone una reflexión
epistemológica que intentaría determinar lo que las dos metodologías
deben, en cada caso, a las tradiciones de cada una de las disciplinas y a
las características de hecho de las sociedades que toman por objeto. Si
no existen dudas de que la importación descontrolada de métodos y
conceptos que han sido elaborados en el estudio de las sociedades sin
escritura, sin tradiciones históricas, socialmente poco diferenciadas y
sin tener muchos contactos con otras sociedades, pueden conducir a
absurdos (piénsese por ejemplo en ciertos análisis “culturalistas” de
las sociedades estratificadas), es obvio que hay que cuidarse de tomar
las limitaciones condicionales por límites de validez inherentes a los
métodos de la etnología: nada impide aplicar a las sociedades modernas
los métodos de la etnología, mediante el sometimiento, en cada caso, a
la reflexión epistemológica de los supuestos implícitos de esos métodos
que se refieren a la estructura de la sociedad y a la lógica de sus
transformaciones.[29]
No
hay operación por más elemental y, en apariencia, automática que sea de
tratamiento de la información que no implique una elección
epistemológica e incluso una teoría del objeto. Es evidente, por
ejemplo, que es toda una teoría, consciente o inconsciente, de la
estratificación social lo que está en juego en la codificación de los
indicadores de la posición social o en la demarcación de las categorías
(ténganse presentes, por ejemplo, los diferentes índices entre los
cuales se puede escoger para definir los grados de “cristalización del
status”). Los que, por omisión o imprudencia, se abstienen de sacar
todas las consecuencias de esta evidencia se exponen a la crítica
frecuentemente dirigida a las descripciones escolares que tienden a
sugerir que el método experimental tiene por función descubrir
relaciones entre “datos” o propiedades preestablecidas de esos “datos”.
“Nada hay de más engañoso, decía Dewey, que la aparente sencillez de la
investigación científica tal como la describen los tratados de lógica”,
esta sencillez especiosa alcanza su punto culminante cuando se utilizan
las letras del alfabeto para representar la articulación del objeto:
teniendo en un caso, ABCD, en otro BCFG, en un tercero CDEH y así
sucesivamente, se concluye que es C el que evidentemente determina el
fenómeno. Pero el uso de este simbolismo es “un medio muy eficaz de
oscurecer el hecho de que los materiales en cuestión han sido ya
estandarizados y de disimular por ello que toda la tarea de la
investigación inductiva-deductiva descansa en realidad sobre operaciones
en virtud de las cuales los materiales son homogeneizados”.[30] Si
los metodólogos están más atentos a las reglas que se deben observar en
la manipulación de las categorías ya constituidas que en las
operaciones que permiten construirlas, es porque el problema de la
construcción del objeto no puede resolverse nunca de antemano y de una
vez para siempre, ya se trate de dividir a una población en categorías
sociales, por nivel de ingreso o según la edad. Por el hecho de que toda
taxonomía implica una teoría, una división inconsciente de sus
alternativas, se opera necesariamente en función de una teoría
inconsciente, es decir, casi siempre de una ideología. Por ejemplo, dado
que los ingresos varían de una manera continua, la división de una
población por nivel de ingresos implica necesariamente una teoría de la
estratificación: “no se puede trazar una línea de separación absoluta
entre los ricos y los pobres, entre los capitalistas terratenientes o
inmobiliarios y los trabajadores. Algunos autores pretenden deducir de
este hecho la consecuencia de que en nuestra sociedad no cabe ya hablar
de una clase capitalista, ni oponer la burguesía a los trabajadores”.[31] Es
tanto como decir, agrega Pareto, que no existen ancianos, puesto que no
se sabe a qué edad, o sea en qué momento de la vida, comienza la vejez.
Habría
que preguntarse, por último, si el método de análisis de datos que
parece el más apto para aplicarse en todos los tipos de relaciones
cuantificables, como es el análisis multivariado, no debe someterse
siempre a la interrogación epistemológica; en efecto, partiendo de que
se puede aislar por turno la acción de las diferentes variables del
sistema completo de relaciones dentro del cual actúan, a fin de captar
la eficacia propia de cada una de ellas, esta técnica no puede captar la
eficacia que puede tener un factor al insertarse en una estructura e
incluso la eficacia propiamente estructural del sistema de factores.
Además, al obtener por un corte sincrónico un sistema definido por un
equilibrio puntual, se está expuesto a dejar escapar lo que el sistema
debe a su pasado y, por ejemplo, el sentido diferente que pueden tener
dos elementos semejantes en el orden de la simultaneidad por su
pertenencia a sistemas diferentes en el orden de la sucesión, es decir,
por ejemplo, en diferentes trayectorias biográficas.[32] Generalmente,
una hábil utilización de todas las formas de cálculo que permite el
análisis de un conjunto de relaciones supondría un conocimiento y una
conciencia perfectamente claros de la teoría del hecho social,
considerado en los procedimientos en virtud de los cuales cada uno de
ellos selecciona y construye el tipo de relación entre variables que
determinan su objeto.
Así
como las reglas técnicas del uso de técnicas son fáciles de emplear en
la codificación, así son difíciles de determinar los principios que
permiten una utilización de cada técnica que tenga en cuenta
conscientemente los supuestos lógicos o sociológicos de sus operaciones
y, aun más, a plasmarse en la práctica. En cuanto a los principios de
los principios, los que rigen el uso correcto del método experimental en
sociología y, por esa razón, constituyen el fundamento de la teoría del
conocimiento sociológico, están en este punto tan opuestos a la
epistemología espontánea que pueden ser constantemente transgredidos en
nombre mismo de preceptos o fórmulas de las cuales se cree sacar
partido. De este modo, la misma intención metodológica de no atenerse
sino a las expresiones conscientes, puede llegar a otorgar, a
construcciones tales como el análisis jerárquico de opiniones, el poder
de elevar las declaraciones, aun las más superficiales, a actitudes que
son su principio, es decir de transmutar mágicamente lo consciente en
inconsciente, o por un proceso idéntico, pero que fracasa por razones
inversas, a buscar la estructura inconsciente del mensaje de prensa por
medio de un análisis estructural que no puede otra cosa, en el mejor de
los casos, que redescubrir penosamente algunas verdades primeras
mantenidas conscientemente por los productores del mensaje.
Del
mismo modo, el principio de la neutralidad ética, lugar común de todas
las tradiciones metodológicas, paradójicamente puede incitar, en su
forma rutinaria, al error epistemológico que aspira prevenir. Es en
nombre de una concepción simplista del relativismo cultural que ciertos
sociólogos de la “cultura popular” y de los medios modernos de
comunicación pueden crearse la ilusión de actuar de acuerdo con la regla
de oro de la ciencia etnológica al considerar todos los comportamientos
culturales, desde la canción folklórica hasta una cantata de Bach,
pasando por una cancioncilla de moda, como si el valor que los
diferentes grupos les reconocen no formara parte de la realidad, como si
no fuera preciso referir siempre las conductas culturales a los valores
a los cuales se refieren objetivamente para restituirles su sentido
propiamente cultural. El sociólogo, que se propone ignorar las
diferencias de valores que los sujetos sociales establecen entre las
obras culturales, realiza de hecho una transposición ilegítima, en tanto
incontrolada, del relativismo al cual se ve obligado el etnólogo cuando
considera culturas correspondientes a sociedades diferentes: las
diferentes “culturas” existentes en una misma sociedad estratificada
están objetivamente situadas unas en relación con las otras, porque los
diferentes grupos se sitúan unos en relación con otros, en particular
cuando se refieren a ellas; por el contrario, la relación entre culturas
correspondientes a sociedades diferentes sólo puede existir en y por la
comparación que efectúa el etnólogo. El relativismo integral y mecánico
desemboca en el mismo resultado que el etnocentrismo ético: en los dos
casos el observador sustituye su propia relación por los valores de los
que observa (y de ese modo a su valor), a la relación que estos
mantienen objetivamente con sus valores.
“¿Cuál
es el físico, pregunta Bachelard, que aceptaría gastar sus haberes en
construir un aparato carente de todo significado teórico?” Numerosas
encuestas sociológicas no resistirían tal interrogante. La renuncia pura
y simple ante el dato de una práctica que reduce el cuerpo de hipótesis
a una serie de anticipaciones fragmentarias y pasivas condena a las
manipulaciones ciegas de una técnica que genera automáticamenteartefactos,
construcciones vergonzosas que son la caricatura del hecho metódica y
conscientemente construido, es decir de un modo científico. Al negarse a
ser el sujeto científico de su sociología, el sociólogo positivista se
dedica, salvo por un milagro del inconsciente, a hacer una sociología
sin objeto científico.
Olvidar
que el hecho construido, según procedimientos formalmente
irreprochables, pero inconscientes de sí mismos, puede no ser otra cosa
que un artefacto, es admitir, sin más examen, la posibilidad de
aplicar las técnicas a la realidad del objeto al que se las aplica. ¿No
es sorprendente que los que sostienen que un objeto que no se puede
captar ni medir por las técnicas disponibles no tiene existencia
científica, se vean llevados, en su práctica, a no considerar como digno
de ser conocido más que lo que puede ser medido o, peor, a conceder
sólo la existencia científica a todo lo que es pasible de ser medido?
Los que obran como si todos los objetos fueran apreciables por una sola y
misma técnica, o indiferentemente por todas las técnicas, olvidan que
las diferentes técnicas pueden contribuir, en medida variable y con
desiguales rendimientos, al conocimiento del objeto, sólo si la
utilización está controlada por una reflexión metódica sobre las
condiciones y los límites de su validez, que depende en cada caso de su
adecuación al objeto, es decir a la teoría del objeto.[33] Además,
esta reflexión sólo puede permitir la reinvención creadora que exige
idealmente la aplicación de una técnica, “inteligencia muerta y que la
mente debe resucitar”, y a fortiori, la creación y aplicación de nuevas técnicas.
II.-4 La analogía y la construcción de hipótesis
Para
poder construir un objeto y al mismo tiempo saber construirlo, hay que
ser consciente de que todo objeto científico se construye deliberada y
metódicamente y es preciso saber todo ello para preguntarse sobre las
técnicas de construcción de los problemas planteados al objeto. Una
metodología que no se planteara nunca el problema de la construcción de
las hipótesis que se deben demostrar no puede, como lo señala Claude
Bernard, “dar ideas nuevas y fecundas a aquellos que no la tienen,
servirá solamente para dirigir las ideas en los que las tienen y para
desenvolverlas a fin de sacar de ellas los mejores resultados posibles
[…] el método por sí mismo no engendra nada”.[34]
Contra
el positivismo que tiende a ver en la hipótesis sólo el producto de una
generación espontánea en un ambiente infecundo y que espera
ingenuamente que el conocimiento de los hechos o, a lo sumo, la
inducción a partir de los hechos, conduzca de modo automático a la
formulación de hipótesis, el análisis eidético de Husserl, como el
análisis histórico de Koyré demuestran, a propósito del procedimiento
paradigmático de Galileo, que una hipótesis como la de la inercia no
puede ser conquistada ni construida sino a costa de un golpe de estado
teórico que, al no hallar ningún punto de apoyo en las sensaciones de la
experiencia, no podía legitimarse más que por la coherencia del desafío
imaginativo lanzado a los hechos y a las imágenes ingenuas o cultas de
los hechos.[35]
Tal
exploración de los múltiples aspectos, que supone un distanciamiento
decisivo respecto de los hechos, queda expuesta a las facilidades del
intuicionismo, del formalismo o de la pura especulación, al mismo tiempo
que sólo puede evadirse ilusoriamente de los condicionamientos del
lenguaje o de los controles de la ideología. Como lo subraya R. B.
Braithwaite, “un pensamiento científico que recurre al modelo analógico
es siempre un pensamiento al modo del «como si» (as if thinking) […]; la
contrapartida del recurso a los modelos es una vigilancia constante”.[36] Al distinguir el tipo ideal como
concepto genérico obtenido por inducción, de la “esencia” espiritual o
de la copia impresionista de lo real, Weber sólo buscaba explicitar las
reglas de funcionamiento y las condiciones de validez de un
procedimiento que todo investigador, aun el más positivista, utiliza
consciente o inconscientemente, pero que no puede ser dominado más que
si se utiliza con conocimiento de causa. Por oposición a las
construcciones especulativas de la filosofía social, cuyos refinamientos
lógicos no tienen otra finalidad que construir un sistema deductivo
bien ordenado y que son irrefutables por ser indemostrables, el tipo
ideal como “guía para la construcción de hipótesis”, según la expresión
de Max Weber, es una ficción coherente “en la cual la situación o la
acción es comparada y medida”, una construcción concebida para
confrontarse con lo real, una construcción próxima -a una
distancia tal que permite medir y reducir- y no aproximada. El tipo
ideal permite medir la realidad porque se mide con ella y se determina
al determinar la distancia que lo separa de lo real [M. Weber, texto nº
31].
Con
la condición de prescindir de las ambigüedades que deja subsistir Weber
al identificar el tipo ideal con el modelo, en el sentido de
caso-ejemplo o caso-límite, construido o comprobado, el razonamiento
como pasaje de los límites constituye una técnica irreemplazable de
construcción de hipótesis: el tipo ideal puede extenderse tanto en un
caso teóricamente privilegiado en un grupo construido de
transformaciones (recuérdese, por ejemplo, el rol que hacía jugar
Bouligand al triángulo rectángulo como soporte privilegiado de la
demostración de la “pitagoricidad”)[37] como
en un caso paradigmático que puede ser, ya sea una pura ficción
obtenida por el pasaje de los límites y por la “acentuación unilateral”
de las propiedades pertinentes, ya sea un objeto realmente observable
que presenta en el más alto grado el número mayor de propiedades del
objeto construido. Para escapar a los peligros inherentes a este
procedimiento, hay que considerar al tipo ideal, no en sí mismo ni por
sí mismo -a la manera de una muestra reveladora que bastaría copiar para
conocer la verdad de la colección íntegra- sino como un elemento de un
grupo de transformaciones refiriéndolos a todos los casos de la especie
del cual es uno privilegiado. De este modo, construyendo por una ficción
metodológica el sistema de conductas que pondrían los medios más
racionales al servicio de fines racionalmente calculados, Max Weber
obtiene un medio privilegiado para comprender la gama de conductas
reales que el tipo ideal permite objetivar, objetivando su distancia
diferencial al tipo puro. No existe el tipo ideal en el sentido de
muestra reveladora (Instancia ostensiva), que haga ver lo que
se busca, como lo indicaba Bacon, “al descubierto, bajo una forma
agrandada o en su más alto grado de potencia”, que pueda tornarse objeto
de un uso riguroso; se puede evitar lo que se ha llamado “el
paralogismo del ejemplo dramático”, variante del “paralogismo de la française rousse”
a condición de advertir en el caso extremo sometido a observación, el
revelador del conjunto de casos isomorfos de la estructura del sistema;[38] es esta lógica lo que hace a Mauss privilegiar el potlatch como
“forma paroxística” de la especie, los cambios de tipo total y
agonístico, o que permite ver en el estudiante literario parisiense de
origen burgués y en su inclinación al diletantismo, un punto de partida
privilegiado para construir el modelo de relaciones posibles entre la
verdad sociológica de la condición de estudiante y su transfiguración
ideológica.
El ars inveniendi,
entonces, debe limitarse a proporcionar las técnicas de pensamiento que
permitan conducir metódicamente el trabajo de construcción de hipótesis
al mismo tiempo que disminuir, por la conciencia de los peligros que
tal empresa implica, los riesgos que le son inherentes. El razonamiento
por analogía que muchos epistemólogos consideran el principio primero
del descubrimiento científico está llamado a desempeñar un papel
específico en la ciencia sociológica que tiene por especificidad no
poder constituir su objeto sino por el procedimiento comparativo.[39] Para
liberarse de la consideración ideográfica de casos que no contienen en
sí mismos su causa, el sociólogo debe multiplicar las hipótesis de
analogías posibles hasta construir la especie de los casos que explican
el caso considerado. Y para construir esas analogías mismas, es legítimo
que se ayude con hipótesis de analogías de estructura entre los
fenómenos sociales y los fenómenos ya establecidos por otras ciencias,
comenzando por las más próximas, lingüística, etnología o, incluso,
biología. “No carece de interés, observa Durkheim, investigar si una
ley, establecida por un orden de hechos, no se encuentra en otra parte,mutatis mutandis;
esta comparación puede incluso servir para confirmarla y comprender
mejor su alcance. En suma, la analogía es una forma legítima de
comparación y ésta es el único medio práctico que disponemos para
conseguir que las cosas se vuelvan inteligibles.”[40] En
resumen, la comparación orientada por la hipótesis de las analogías
constituye no sólo el instrumento privilegiado de la ruptura con los
datos preconstruidos, que pretenden insistentemente ser considerados en
sí mismos y por sí mismos, sino también el principio de la construcción
hipotética de relaciones entre las relaciones.
II-5. Modelo y teoría
Es
sólo a condición de negar la definición que los positivistas, usuarios
privilegiados de la noción, dan de modelo, que se le puede conferir las
propiedades y funciones comúnmente concedidas a la teoría.[41] Sin
duda, se puede designar por modelo cualquier sistema de relaciones
entre propiedades seleccionadas, abstractas y simplificadas, construido
conscientemente con fines de descripción, de explicación o previsión y,
por ello, plenamente manejable; pero a condición de no emplear sinónimos
de este término que den a entender que el modelo pueda ser, en este
caso, otra cosa que una copia que actúa como un pleonasmo con lo real y
que, cuando es obtenida por un simple procedimiento de ajuste y
extrapolación, no conduce en modo alguno al principio de la realidad que
imita. Duhem criticaba los “modelos mecánicos” de Lord Kelvin por
mantener con los hechos sólo una semejanza superficial. Simples
“procedimientos de exposición” que hablan sólo a la imaginación, tales
instrumentos no pueden guiar el descubrimiento puesto que no son sino, a
lo sumo, otra cosa que una puesta en forma de un saber previo y que
tienden a imponer su lógica propia, evitando así investigar la lógica
objetiva que se trata de construir para explicar teóricamente lo que no
hacen más que representar.[42] Ciertas
formulaciones científicas de las prenociones del sentido común hacen
pensar en esos autómatas que construían Vaucanson y Cat, y que, en
ausencia del conocimiento de los principios reales de funcionamiento,
apelaban a mecanismos basados en otros principios para producir una
simple reproducción de las propiedades más fenomenales: como lo subraya
Georges Canguilhem, la utilización de modelos se reveló fecunda en
biología en el momento en que se sustituyeron los modelos mecánicos,
concebidos en la lógica de la producción y transmisión de energía, por
modelos cibernéticos que descansan en la transmisión de información y
dan así con la lógica del funcionamiento de los circuitos nerviosos.[43] No
es una casualidad si la indiferencia a los principios condena a un
operacionalismo que limita sus ambiciones a “salvar las apariencias”,
sin perjuicio de proponer tantos modelos como fenómenos hay, o
multiplicar para un mismo fenómeno modelos que incluso no son
contradictorios porque, productos de un trabajo científico, están
igualmente desprovistos de principios. La investigación aplicada puede
contentarse, sin duda, con tales “verdades en un 50%”, según la
expresión de Boas, pero quienes confunden una restitución aproximada (y
no próxima) del fenómeno con la teoría de los fenómenos se exponen a
inexorables fracasos y sin embargo incomprensibles en tanto no se aclare
el poder explicativo de coincidencia.
Confundiendo entre la simple semejanza y la analogía,
relación entre relaciones que debe ser conquistada contra las
apariencias y construida por un verdadero trabajo de abstracción y por
una comparación conscientemente realizada, los modelos miméticos, que no captan más que las semejanzas exteriores se oponen a los modelos analógicosque
buscan la comprensión de los principios ocultos de las realidades que
interpretan. “Razonar por analogía, dice la Academia, es formar un
razonamiento fundado en las semejanzas o relaciones de una cosa con
otra” o más bien, corrige, Cournot, “fundado en las relaciones o
semejanzas en tanto éstas muestren las relaciones. En efecto, la visión
de la mente, en el juicio analógico, se refiere únicamente a la razón de
las semejanzas: éstas no tienen ningún valor desde el momento que no
revelan las relaciones en el orden de hechos en que la analogía se
aplica”.[44]
Los
diferentes procedimientos de construcción de hipótesis pueden aumentar
su eficacia recurriendo a la formalización que, además de la función
esclarecedora de una estenografía rigurosa de conceptos y la función
crítica de una demostración lógica del rigor de las definiciones y de la
coherencia del sistema de enunciados, también puede cumplir, bajo
ciertas condiciones, una función heurística al permitir la exploración
sistemática de lo posible y la construcción controlada de un cuerpo
sistemático de hipótesis como esquema completo de las experiencias
posibles. Pero si la eficacia mecánica, y metódica a la vez, de los
símbolos y de los operadores de la lógica o de la matemática,
“instrumentos de comparación por excelencia”, según la expresión de Marc
Barbut, permite llevar a su término la variación imaginaria, el
razonamiento analógico puede cumplir también, incluso carente de todo
refinamiento formal, su función de instrumento de descubrimiento, aunque
más trabajosamente y con menos seguridad. En su uso corriente, el
modelo proporciona el sustituto de una experimentación a menudo
imposible en los hechos y da el medio de confrontar con la realidad las
consecuencias que esta experiencia mental permite separar completamente,
porque ficticiamente: “Luego de Rousseau y bajo una forma decisiva,
Marx enseñó, observa Claude Lévi-Strauss, que la ciencia social al igual
que la física no se construye a partir de los datos de la sensibilidad:
el objetivo es construir un modelo, estudiar sus propiedades y las
diferentes maneras en que reacciona en el laboratorio, para aplicar
seguidamente esas observaciones a la interpretación de lo que sucede
empíricamente”.[45]
Es
en los principios de su construcción y no en su grado de formalización
que radica el valor explicativo de los modelos. Por cierto, como se ha
demostrado a menudo de Leibniz a Russell, el recurso a “evidencias
ciegas” de los símbolos constituye una excelente protección contra las
obcecadas evidencias de la intuición: “El simbolismo es útil,
indiscutiblemente, porque torna las cosas difíciles. Queremos saber «qué
puede ser deducido de qué». Al principio todo es evidente por sí; y es
muy difícil ver si una proposición evidente procede o no de otra. La
evidencia es siempre enemiga del rigor. Inventemos un simbolismo tan
difícil que nada parezca evidente. Luego establezcamos reglas para
operar con los símbolos y todo se vuelve mecánico”.[46] Pero
los matemáticos tendrían menos razones que los sociólogos para recordar
que la formalización puede consagrar evidencias del sentido común en
lugar de condenarlas. Se puede, decía Leibniz, dar forma de ecuación a
la curva que pasa por todos los puntos de una superficie. El objeto
percibido no se transforma en un objeto construido como por un sencillo
arte de magia matemática: peor, en la medida en que simboliza la ruptura
con las apariencias, el simbolismo da al objeto preconstruido una
respetabilidad usurpada, que lo resguarda de la crítica teórica. Si hay
que precaverse de los falsos prestigios y prodigios de la formalización
sin control epistemológico, es porque reduciendo las apariencias de la
abstracción a proposiciones que pueden ser obcecadamente tomadas de la
sociología espontánea o de la ideología, amenaza inducir a que se pueda
ahorrar el trabajo de abstracción, que es el único capaz de romper con
las semejanzas aparentes para construir las analogías ocultas.
La
captación de las homologías estructurales no siempre tiene necesidad de
apelar al formalismo para fundamentarse y para demostrar su rigor.
Basta seguir el procedimiento que condujo a Panofsky a comparar la Summa de
Tomás de Aquino y la catedral gótica para advertir las condiciones que
hacen posible, legítima y fecunda tal operación: para acceder a la
analogía oculta escapando de esa curiosa mezcla de dogmatismo y
empirismo, de misticismo y positivismo que caracteriza al intuicionismo,
hay que renunciar a querer encontrar en los datos de la intuición
sensible el principio que los unifique realmente y someter las
realidades comparadas a un tratamiento que las hace igualmente
disponibles para la comparación. La analogía no se establece entre la Summa y la Catedral tomadas,
por así decirlo, en su valor facial, sino entre dos sistemas de
relaciones inteligibles, no entre “cosas” que se ofrecerían a la
percepción ingenua sino entre objetos conquistados contra las
apariencias inmediatas y construidos mediante una elaboración metódica
[E. Panofsky, texto nº 32].
De
esta manera, es en su poder de ruptura y de generalización, los dos son
inseparables, que se reconoce el modelo teórico: depuración formal de
las relaciones entre aquellas que definen los objetos construidos, puede
ser transpuesto a órdenes de la realidad fenomenal muy diferentes y
provocar por analogía nuevas analogías, nuevos principios de
construcción de objetos [P. Duhem, texto nº 33; N. Campbell, texto nº
34]. Así como el matemático encuentra en la definición de recta como
curva de curvatura nula el principio de una teoría general de las
curvas, ya que la línea curva es un mejor generalizador que la recta,
así la construcción de un modelo permite tratar diferentes formas
sociales como otras tantas realizaciones de un mismo grupo de
transformaciones y hacer surgir por ello propiedades ocultas que no se
revelan sino en la puesta en relación de cada una de las realizaciones
con todas las otras, es decir por referencia al sistema completo de
relaciones en que se expresa el principio de su afinidad estructural.
[47] Es
éste el procedimiento que le confiere su fecundidad, es decir su poder
de generalización, a las comparaciones entre sociedades diferentes o
entre subsistemas de una misma sociedad, por oposición a las simples
comparaciones suscitadas por la semejanza de los contenidos. En la
medida en que estas “metáforas científicas” conduzcan a los principios
de las homologías estructurales que pudieran encontrarse sumergidas en
las diferencias fenomenales, son, como se ha dicho, “teorías en
miniatura” puesto que, al formular los principios generadores y
unificadores de un sistema de relaciones, satisfacen completamente las
exigencias del rigor en el orden de la demostración y de la fecundidad,
en el orden del descubrimiento, que definen una construcción teórica:
gramáticas generadoras de esquemas, pasibles de ser transpuestas,
proporcionan el principio de los problemas y de cuestionamientos
indefinidamente renovables; realizaciones sistemáticas de un sistema de
relaciones verificadas o a verificar, obligan a un procedimiento de
verificación que no puede ser más que sistemático en sí mismo; productos
conscientes de un distanciamiento por referencia a la realidad, remiten
siempre a la realidad y permiten medir en la misma las propiedades que
su irrealidad sólo posibilita descubrir completamente, por deducción.[48]
FUENTE: BOURDIEU, Pierre; CHAMBOREDON, Jean-Claude y PASSERON, Jean-Claude: «La construcción del objeto». En: El oficio del sociólogo. Buenos Aires, Siglo XXI, 1987 [reimpr.], pp. 51-81 [1ª Ed. en Esp.: 1975].
[Notas]
[1] Karl Marx, Introduction générale à la critique de l´économie politique (trad. M. Rubel y L. Evrard), en Obras, t. I, Gallimard, París, 1965, pp. 255-256. En castellano véase Karl Marx, Elementos fundamentales para la crítica de la economía política, vol. I, Buenos Aires, Siglo XXI, 1971, p. 22.[2] M. Weber, Essais sur la théorie de la science, op. cit., p. 146.[3] Émile Durkheim, Les règles de la méthode sociologique, 2ª edic. revisada y aumentada, F. Alcan, París, 1901; citado según la 15ª ed. de PUF, París, 1963, p. 9. [Hay ed. esp.: Las reglas del método sociológico, Buenos Aires, Schapire, 1973.][4] Es,
sin duda, porque la situación de comienzo o de recomienzo se cuenta
entre las más favorables a la explicitación de los principios de
construcción que caracterizan a una ciencia, que la argumentación
polémica desplegada por los durkheimistas para imponer el principio de
la especificidad de los hechos sociales conserva, aun hoy, un valor que
no es sólo arqueológico.[5] Muchos
sociólogos principiantes obran como si bastara darse un objeto dotado
de realidad social para poseer, al mismo tiempo, un objeto dotado de
realidad sociológica: dejando a un lado las innumerables monografías de
aldea, podrían citarse todos esos temas de investigación que no tienen
otra problemática que la pura y simple designaciónde grupos sociales o de problemas percibidos por la conciencia común, en un momento dado.[6] No
es casualidad si sectores de la sociología, como el estudio de los
medios de comunicación modernos o del tiempo libre, son los más
permeables a las problemáticas y esquemas de la sociología espontánea:
además de que esos objetos existen ya en tanto que temas obligados de la
conversación común sobre la sociedad moderna, deben su carga ideológica
al hecho que es con el mismo que se relaciona el intelectual cuando
estudia la relación de las clases populares con la cultura. La relación
del intelectual con la cultura encierra todo el problema de su relación
con la condición de intelectual, nunca tan dramáticamente planteada como
en el problema de su relación con las clases populares como clases
desprovistas de cultura.[7] A.
H. Barton y P. F. Lazarsfeld, “Some Functions of Qualitative Analysis
in Social Research”, en S. M. Lipset y N. J. Smelser (eds.), Sociology: The Progress of a Decade, Prentice Hall, Englewood Cliffs (N.J.), 1961, pp. 95-122.[8] Los
conceptos y proposiciones definidos exclusivamente por su carácter
“operatorio” pueden no ser más que la formulación lógicamente
irreprochable de premoniciones y, por este motivo, son a los conceptos
sistemáticos y proposiciones teóricas lo que el objeto preconstruido es
al objeto construido. Al poner el acento exclusivamente en el carácter
operacional de las definiciones, se corre el peligro de tomar una simple
terminología clasificatoria, como hace S. C. Dodd (Dimensions of Society, New York, 1942, u “Operational Definitions Operationally Defined”, American Journal of Sociology,
XLVIII, 1942-1943, pp. 482-489) por una verdadera teoría, abandonando
para una investigación ulterior el problema de la sistematicidad de los
conceptos propuestos y aun de su fecundidad teórica. Como lo subraya C.
G. Hempel, privilegiando las “definiciones operacionales” en detrimento
de las exigencias teóricas, “la literatura metodológica consagrada a las
ciencias sociales tiende a sugerir que la sociología tendría que
proveerse, para preparar su porvenir de disciplina científica, de una
amplia como posible gama de términos “operacionalmente definidos” y “de
un empleo constante y unívoco”, como si la formación de los conceptos
científicos pudiera ser separada de la elaboración teórica. Es la
formulación de sistemas conceptuales dotados de una pertinencia teórica
lo que se emplea en el progreso científico: tales formulaciones exigen
el descubrimiento teórico cuyo imperativo empirista u operacionalista de
la pertinencia empírica […] no podría darse por sí solo (C. G. Hempel, Fundamentals of Concept Formation in Empirical Research, University of Chicago Press, Chicago, London, 1952, p. 47).[9] K. R. Popper, The Logic of Scientific Discovery, op. cit., p. 107.[10] P. Duhem, La théorie physique, op. cit., p. 277.[11] Claude Lévi-Strauss, Le totemisme aujourd´hui, PUF, París, 1962, p. 7 [hay ed. esp.].[12] Cfr.
P. Bourdieu y J. C. Passeron, “La comparabilité des systèmes
d´éducation”, en R. Castel y J. C. Passeron (eds.), Éducation,
démocratie et développment, Cahiers du Centre de Sociologie Européenne,
nº 4, Mouton, París, La Haya, 1967, pp. 20-58.[13] A. Koyré, Études Galiléennes, I. A l´aube de la science classique,
Hermann, París, 1940, p. 7. Y agrega: “Las «experiencias» de las que se
reclama o habrá de reclamarse más tarde Galileo, aun las que ejecuta
realmente, no son ni habrán de ser nunca más que experiencias de
pensamiento” (ibíd., p. 72).[14] La
noción de opinión, sin duda, debe su éxito, práctico y teórico, a que
concentra todas las ilusiones de la filosofía atomística del pensamiento
y de la filosofía espontánea de las relaciones entre el pensamiento y
la acción, comenzando por el rol privilegiado de la expresión verbal
como indicador de las disposiciones en acto. Nada hay de sorprendente,
entonces, si los sociólogos que ciegamente confían en los sondeos se
exponen continuamente a confundir las declaraciones de acción, o peor
aún las declaraciones de intención con las probabilidades de acción.[15] E. Katz, “The Two-Step Flow of Communication: An Up-to-date Report on an Hypothesis”, Public Opinion Quaterly, vol. 21, Spring 1957, pp. 61-78: “De todas las ideas expuestas en The Peopl´s Choice,
la hipótesis del flujo en dos tiempos es probablemente la menos apoyada
en datos empíricos. La razón de ello es clara: el proyecto de
investigación no anticipaba la importancia que revistirían en el
análisis de datos las relaciones interpersonales. Dado que la imagen de
un público atomizado inspiraba tantas indagaciones sobre las mass media,
lo más sorprendente es que las redes de influencia interpersonales
pudieran llamar, por poco que sea, la atención de los investigadores”.
Para medir con qué fuerza una técnica puede excluir un aspecto del
fenómeno, basta saber cómo, con otras problemáticas y otras técnicas,
los sociólogos rurales y los etnólogos captaron desde tiempo atrás la
lógica del two-step-flow. Los ejemplos de estos descubrimientos
que hay que redescubrir abundan: es así como A. H. Barton y P. F.
Lazarsfeld recuerdan que el problema de los “grupos informales”, de los
que hace mucho tiempo eran conscientes otros sociólogos, sólo
aparecieron tardíamente y como un “descubrimiento sorprendente” a los
investigadores de la Western Electric; cfr. “Some Fonctions of
Qualitative Analysis in Social Research” (loc. cit.).[16] E. Katz, loc. cit., p. 64.[17] C.
Kerr y L. H. Fisher muestran que así como, en las investigaciones de la
escuela de E. Mayo, la técnica y los supuestos son afines, la
observación cotidiana de los contactos cara a cara y de las relaciones
interpersonales dentro de la empresa implica la convicción dudosa que
«el pequeño grupo de trabajo es la célula esencial en la organización de
la empresa y que este grupo y sus miembros obedecen sustancialmente a
determinaciones afectivas» […]. “El sistema de Mayo deriva de dos
opciones esenciales. Una vez cumplidas todo está dado, los métodos, el
campo de interés, las prescripciones prácticas, los problemas reservados
para la investigación” (y en particular) “la indiferencia a los
problemas de clase, de ideología, de poder” (“Plant Sociology: The Elite
and the Aborigines”, en M. Komarovsky ed. Common Frontiers of the Social Sciences, The Free Press, Glencoe, Illinois, 1957, pp. 281-309).[18] F. Simiand, Statistique et expérience, remarques de méthode, M. Rivière, París, 1922, p. 24.[19] P. Bourdieu, Travail et travailleurs en Algérie, 2ª parte, Mouton, París, La Haya, 1962, pp. 303-304.[20] Si
el análisis secundario de los documentos proporcionados por la encuesta
más ingenua es casi siempre posible, y legítimo, es porque resulta muy
raro que los sujetos interrogados respondan verdaderamente cualquier
cosa y no revelen algo en sus respuestas de lo que son: se sabe por
ejemplo que las no-respuestas y negarse a responder pueden ser
interpretados en sí mismos. Sin embargo, la recuperación del sentido que
contienen, a pesar de todo, suponen un trabajo de rectificación, aunque
más no fuera para saber cuál es la pregunta a la que verdaderamente
respondieron y que no es necesariamente la que se les ha planteado.[21] Lerner,
D. The Passing of Traditional Society. Nueva York: The Free Press of
Glencoe, 1958. Sin entrar en una crítica sistemática de los supuestos
ideológicos implicados en un cuestionario, que de 117 preguntas sólo
contenía dos referentes al trabajo y al status económico (contra 87
sobre los mass media, cine, diarios, radio, televisión) puede observarse
que una teoría que tome en cuenta las condiciones objetivas de
existencias del subproletario y, en particular, la inestabilidad
generalizada que lo caracteriza, puede explicar la aptitud del
subproletario de imaginarse almacenero o periodista, y aun de la
particular modalidad de esas «proyecciones», en tanto que la «teoría de
la modernización», que propone Lerner, es impotente para explicar la
relación que el subproletario mantiene con su trabajo o el porvenlr.
Aunque brutal y grosero, parece que este criterio permite distinguir un
instrumento ideológico, condenado a producir un simple artefacto, de un
instrumento científico.[22] M. Chastaing, “Jouer n´est pas jouer”, loc. cit.[23] De
este modo, la entrevista no directiva y el análisis de contenido no
podrían ser utilizados como una especie de patrón absoluto, pero deben
proporcionar un medio de controlar continuamente tanto el sentido de las
preguntas planteadas como las categorías según las cuales son
analizadas e interpretadas las respuestas.[24] M. Maget, Guide d´étude directe des comportements culturels, C.N.R.S., París, 1950, p. XXXI.[25] Se encontrará una exposición sistemática de esta metodología en la obra de Marcel Maget ya citada.[26] Al poner todas las técnicas etnográficas dentro de la categoría desvalorizada delquatitative analysis los
que privilegian absolutamente el “quantitative analysis” se condenan a
ver en él sólo un recurso por una suerte de etnocentrismo metodológico
que lleva a referirlos a la estadística como a su verdad, para terminar
viendo nada más que una “cuasi-estadística” en la que se encuentran
“cuasi-distribuciones”, “cuasi-correlaciones” y “cuasi-datos”
empíricos.: “La reunión y el análisis de los cuasi-datos estadísticos
sin duda pueden ser practicados más sistemáticamente de lo que lo han
sido en el pasado, por lo menos si se piensa en la estructura lógica del
análisis cuantitativo para tenerla presente en la mente y extraer
precauciones y directivas generales”. (A. H. Barton, y P. F. Lazarsfeld,
“Some Functions of Qualitative Analysis in Social Research”, loc. cit.).[27] Inversamente,
el preferente interés que los etnólogos conceden a los aspectos más
determinados de la conducta, a menudo es paralelo con la indiferencia
por el uso de la estadística, que es la única capaz de medir la
distancia entre las normas y las conductas reales.[28] Cfr. por ejemplo, A. H. Barton, y P. F. Lazarsfeld, “Some Functions of Qualitative Analysis in Social Research”, loc. cit. C.
Selliz, M. Deutsch y S. W. Cook se propusieron definir las condiciones
en las cuales podría realizarse una trasposición fructífera de las
técnicas de inspiración etnológica (Research Methods in Social Relations, Rev. vol. I, ed. Methuen, 1959, pp. 59-65).[29] Tal
sustantivación del método etnológico es la que realiza R. Bierstedt en
su artículo “The Limitation of Anthropological Method in Sociology”, American Journal of Sociology, LIV, 1948-1949, pp. 23-30.[30] J. Dewey, Logic: The Theory of Inquiry, Holt, Nueva York, 1938, p. 431, n. 1.[31] V. Pareto, Cours d´Économie politique,
t. II, Droz, Ginebra, p. 385. Las técnicas más abstractas de división
del material tienen por efecto justamente anular las unidades concretas
como generación, biografía y carrera.[32] Cfr. P. Bourdieu, J. C. Passeron y M. de Saint-Martin, Rapport pédagogique et communication, Cahiers du Centre de sociologie européenne, nº 2, Mouton, París, La Haya, 1965, pp. 43-57.[33] El
uso monomaníaco de una técnica particular es el más frecuente y también
el más frecuentemente denunciado: “Dad un martillo a un niño, dice
Kaplan, y se verá que todo le habrá de parecer merecedor de un
martillazo” (The Conduct of Inquiry, op. cit., p. 112).[34] C. Bernard, Introduction à l´étude de la médecine expérimental, op. cit., cap. II, parágrafo 2.[35] E.
Husserl, “Die Krissis der eropäischen Wissenschaften und die
transzendentale Phänomenologie: Eine Einleitung in die phänomenologische
Philosophie” (trad. francesa E. Gerrer, “La crise des sciences
européennes et la phénomenologie transcendantale”, Les Études Philosophiques, nos 2
y 4, París [hay ed. esp.]). Koyré, más sensible que cualquier otro
historiador de la ciencia a la ingeniosidad experimental de Galileo, no
vacila sin embargo en observar en el prejuicio de construir una física
arquimediana el principio motor de la revolución científica iniciada por
Galileo. Es la teoría, es decir, en este caso la intuición teórica del
principio de inercia, que precede a la experiencia y la hace posible
volviendo concebibles las experiencias susceptibles de validar la
teoría. Cf. A. Koyré,Études Galiléennes; III, Galilée et la loi d´inertie. Hermann, París, 1966, pp. 226-227.[36] R. B. Brathwaite, Scientific Explanation, Cambridge
University Press, Cambridge, 1963, p. 93. No es casual si, en ciencias
que como la econometría, recurren desde hace tiempo a la construcción de
modelos, la conciencia del peligro de “inmunización” contra la
experiencia que es inherente a todo proceso formalista, es decir
simplificador, es más acentuado que en sociología. H. Albert mostró la
“coartada ilimitada” que significa el hábito de razonar ceteris paribus:
La hipótesis se vuelve irrefutable desde el momento en que toda
observación contraria de la misma puede imputarse a la variación de los
factores que aquélla neutraliza suponiéndolos constantes (H. Albert,
«Modell Platonismus», en E. Topitsch (ed.), Logik der Sozialwissenchaften, Kiepenheuer und Witsch, Köln, Berlín, 1966, pp. 406-434).[37] Véase G. Bachelard, Le rationalisme appliqué, op. cit., pp. 91-97.[38] Así,
Goffman concibe al hospital psiquiátrico reubicándolo en la serie de
instituciones, cuarteles o internados: el caso privilegiado en la serie
construida puede ser entonces aquel que, tomado aisladamente, mejor
disimula por sus funciones oficialmente humanitarias la lógica del
sistema de los casos isomorfos (cfr. E. Goffman, Asiles, Éditions de Minuit, París, 1968).[39] Véase, por ejemplo, G. Polya, Induction and Analogy in Mathematics,
Princeton University Press, Princeton (N.J.), 1954, ts. I y II.
Durkheim sugería ya principios de una reflexión sobre el buen uso de la
analogía. “El error de los sociólogos biologistas no es haberla usado
(la analogía), sino haberla usado mal. Quisieron no controlar las leyes
de la sociología por las de la biología, sino deducir las primeras de
las segundas. Pero tales deducciones carecen de valor; pues si las leyes
de la vida se vuelven a encontrar en la sociedad, es bajo nuevas formas
y con caracteres específicos que la analogía no permite conjeturar y
que sólo puede alcanzarse por la observación directa. Pero si se ha
comenzado a determinar, con ayuda de procedimientos sociológicos,
ciertas condiciones de la organización social, hubiera sido
perfectamente legítimo examinar luego si no presentaban similitudes
parciales con las condiciones de la organización animal, tal como lo
determina el biologista de su lado. Puede preverse incluso que toda
organización debe tener caracteres comunes que no es inútil descubrir”
(E. Durkheim, “Représentations individuelles et représentations
collectives”, Revue de Metaphysique et de Morale, t. VI, mayo 1898, reproducido en: Sociologie et philosophie, F. Alcan, París, 1924, 3 ed., PUF, París, 1963).[40] E. Durkheim, ibid.[41] En este parágrafo, el vocablo teoría se tomará en el sentido de teoría parcial de lo social (cf. supra, parág. I.7, pp. 48-50).[42] Entre
los modelos incontrolados que obstaculizan la captación de las
analogías profundas, hay que tener en cuenta también los que transmite
el lenguaje en sus metáforas, aun las más muertas (cfr. supra, parág. I-4, pp. 37-41).[43] G. Canguilhem, “Analogies and Models in Biological Discovery”, Scientific
Change, Historical Studies in the Intelectual, Social and Technical
Conditions for Scientific Discovery and Technical Invention, from
Antiquity to the Present, Symposium on the History of Science, Heinemann, London, 1963, pp. 507-520.[44] A. Cournot, Essais sur les fondements de nos connaissances et sur les caractères de la critique philosophique, Hachete, París, 1912, p. 68.[45] C. Lévi-Strauss, Tristes tropiques, Plon, París, 1956, p. 49 [hay ed. esp.].[46] B. Russell, Mysticism and Logic, and Other Essays. Doubleday, Anchor Books, Nueva York, 1957, p. 73 (inst. publ. Philosophical Essays, George Allen & Unwin, London, 1910, 2a ed., Mysticism and Logic, 1917 [hay ed. esp.].[47] Es
el mismo procedimiento, que consiste en concebir el caso particular e
incluso el conjunto de casos reales como casos particulares de un
sistema ideal de composiciones lógicas, que en las operaciones más
concretas de la práctica sociológica como la interpretación de una
relación estadística puede terminar invirtiendo la significación de la
noción de significatividad estadística: así como la matemática pudo
considerar la ausencia de propiedades como una propiedad, del mismo modo
una ausencia de relación estadística entre dos variables puede ser
altamente significativa si se considera esta reacción dentro del sistema
completo de relaciones de la que forma parte.[48] Sería
indispensable en ciencias sociales una educación del espíritu
científico para que, por ejemplo, en sus informes de encuesta los
sociólogos rompan más a menudo con el procedimiento inductivo que a lo
sumo conduce a un balance recapitulativo (cfr. infra, parág.
III.2, p. 91) para reorganizar en función de un principio unificador (o
de varios), a fin de explicar sistemáticamente, el conjunto de
relaciones empíricamente comprobadas, es decir para obedecer en su
práctica a la exigencia teórica, aunque fuera al nivel de una
problemática regional.
FUENTE: BOURDIEU, Pierre; CHAMBOREDON, Jean-Claude y PASSERON, Jean-Claude: «La construcción del objeto». En: El oficio del sociólogo. Buenos Aires, Siglo XXI, 1987 [reimpr.], pp. 51-81 [1ª Ed. en Esp.: 1975].