El
filósofo italiano Giorgio Agamben ha manifestado su intención de no
viajar a los Estados Unidos tras la
aprobación de las nuevas
medidas de control puestas en marcha para quienes pretendan entrar en
el
país. En un artículo publicado en Le Monde el pasado 11 de
enero explica las razones de esta decisión.
Los diarios no dejan
lugar a duda: quien, de ahora en más, vaya a Estados Unidos con
una
visa será fichado y deberá dejar sus huellas digitales al entrar al
país.
Personalmente, no tengo ninguna intención de someterme a
tales procedimientos y es
por eso que anulé, de inmediato, el curso
que debía iniciar en marzo en la Universidad
de Nueva York.
Me
gustaría explicar aquí la razón de esta decisión, es decir, por
qué, a pesar del cariño
que me une desde hace varios años a mis
colegas norteamericanos y a sus alumnos,
considero que esta decisión
es necesaria y a la vez inapelable y me gustaría que fuera
compartida por otros intelectuales y profesores europeos.
No se
trata solamente de una reacción epidérmica frente a un
procedimiento que se
impuso, durante mucho tiempo, a criminales y
acusados políticos. Si sólo se tratara de
eso, es obvio que
podríamos aceptar moralmente el hecho de compartir, por
solidaridad, las condiciones humillantes a las que son sometidos hoy
tantos seres
humanos.
Pero
eso no es lo esencial. El problema excede los límites de la
sensibilidad personal y
tiene que ver, simplemente, con la condición
jurídico-política (tal vez sería más sencillo
decir biopolítica)
de los ciudadanos en los Estados supuestamente democráticos en los
que vivimos.
Desde
hace algunos años, intentan convencernos de que debemos aceptar,
como
dimensiones humanas y normales de nuestra existencia, prácticas
de control que
siempre habían sido consideradas excepcionales y
verdaderamente inhumanas.
Nadie ignora, entonces, que el control
ejercido por el Estado sobre los individuos a
través del uso de
dispositivos electrónicos, como las tarjetas de crédito o los
teléfonos
celulares, alcanzó límites hasta no hace mucho
insospechados.
Sin embargo, es imposible traspasar ciertos umbrales
en el control y la manipulación del
cuerpo sin ingresar en una
nueva era biopolítica, sin avanzar un paso más hacia lo que
Michel
Foucault llamaba una animalización progresiva del hombre
implementada a
través de las técnicas más sofisticadas.
El
fichaje electrónico de las huellas digitales y de la retina, el
tatuaje subcutáneo así
como otras prácticas de la misma índole
son elementos que contribuyen a definir este
umbral. Las razones de
seguridad que se invocan para justificarlas no deben
impresionarnos.
La historia nos enseña que las prácticas que en un principio
estaban
reservadas a los extranjeros luego se aplican al conjunto de
los ciudadanos.
Lo
que está en juego aquí no es nada menos que la nueva relación
biopolítica "normal"
entre los ciudadanos y el Estado.
Esta relación ya no tiene más que ver con la
participación libre
y activa en la esfera pública, sino que concierne a la inscripción
y al
fichaje del elemento más privado y más incomunicable de la
subjetividad: me refiero a
la vida biológica del cuerpo.
A
los dispositivos mediáticos que controlan y manipulan la palabra
pública se suman así
los dispositivos tecnológicos que inscriben
e identifican la vida desnuda: entre estos dos
extremos de una
palabra sin cuerpo y de un cuerpo sin palabra, el espacio de lo que
antes llamábamos política es cada vez más reducido.
De
esta manera, al aplicar al ciudadano, o más bien al ser humano, las
técnicas y los
dispositivos que habían inventado para las clases
peligrosas, los Estados, que deberían
representar el lugar mismo de
la vida política, lo convirtieron en el sospechoso por
excelencia,
al punto que es la humanidad misma la que se transformó en la clase
peligrosa.
Hace
algunos años, había escrito que el paradigma político de Occidente
ya no era la
ciudad, sino el campo de concentración, y que habíamos
pasado de Atenas a Auschwitz.
Se trataba de una tesis filosófica y
no de un relato histórico, ya que no hay que
confundir fenómenos.
Me
gustaría sugerir que el tatuaje había surgido en Auschiwtz como la
manera más
normal y más económica de reglamentar el registro de
los deportados en los campos de
concentración. El tatuaje
biopolítico que hoy nos impone Estados Unidos para ingresar
en su
territorio bien podría ser el signo precursor de lo que nos pedirán
aceptar más
adelante como la inscripción normal de la identidad
del buen ciudadano en los
mecanismos y los engranajes del Estado. Es
por eso que hay que oponerse.
Giorgio Agamben
Texto
original publicado en Le Monde el domingo 11 de enero de 2004. ∗
Traducción
de Claudia Martínez

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